Parásitos: retrato surcoreano del privilegio
- Andrea Paredes

- 21 jul 2025
- 3 min de lectura
Galardonada con la Palma de Oro en Cannes y ganadora del histórico Óscar a Mejor Película, "Parásitos” (2019) no solo rompió récords; rompió esquemas. Esta cinta surcoreana de Bong Joon-ho demostró que el cine con crítica social puede ser taquillero, visualmente impactante y profundamente incómodo. Una obra que no necesita de superhéroes para hablar del verdadero villano de nuestro tiempo: la desigualdad.

Parásitos se adentra en la vida de los Kim, una familia pobre que sobrevive gracias a su ingenio mientras intenta infiltrarse en la vida de los Park, una familia rica con una casa de ensueño. Lo que comienza como una comedia termina como una tragedia, revelando que las estructuras invisibles de clase no solo separan, sino que aplastan. Bong Joon-ho no cuenta una historia de buenos contra malos, sino de un sistema de jerarquías donde todos viven a costa de otros.
Uno de los mayores logros de la película es su impecable lenguaje visual. El director de fotografía, Hong Kyung-pyo, convierte la arquitectura en narrativa. Las escaleras, siempre presentes, se vuelven el símbolo del abismo entre los que suben y los que nunca dejan de bajar. Este simbolismo de poder se refuerza con tomas contrapicadas cuando se trata de los Park y ángulos cerrados y opresivos para los Kim.

Otro elemento son las ventanas, presentes en ambas viviendas pero con significados opuestos. Mientras que las de la casa de los Park son amplias, luminosas y ofrecen vistas a un jardín impecable, en el semisótano de los Kim solo hay una pequeña ventana, casi enterrada, con vistas desagradables y que deja entrar apenas luz. Esta diferencia visual representa también las oportunidades: mientras los ricos viven despreocupados y mirando hacia el cielo, los pobres apenas logran ver la luz, atrapados en una posición que no les permite soñar sin hundirse más.
Bong Joon-ho construye visualmente la película con una claridad cruel. Las divisiones no solo están en el dinero, sino en los planos, las puertas, los marcos y paneles de vidrio que constantemente separan a ambas familias. La puesta en escena nunca es gratuita: cada encuadre marca una línea, una frontera que no puede cruzarse sin consecuencias.

La escena de la tormenta resume con fuerza el mensaje de desigualdad de Parásitos. Mientras los Kim descienden escaleras hacia su casa inundada, los Park disfrutan de un cielo despejado para celebrar un cumpleaños. La misma lluvia, pero dos realidades opuestas: para unos, una molestia pasajera; para otros, una tragedia que arrastra lo poco que tienen y todo por lo que han luchado.
Desde lo económico, la película fue también un fenómeno. Con un presupuesto de aproximadamente 12 millones de dólares, recaudó más de 263 millones en todo el mundo. Cada dólar invertido se ve reflejado en la meticulosa producción, incluida la construcción de la casa de los Park, diseñada exclusivamente para el rodaje. Parásitos demostró que una historia local, bien contada, puede tener impacto global.

Al final, el protagonista imagina comprar la casa para rescatar a su padre, pero esa escena se diluye en la realidad de siempre: el mismo cuarto húmedo, la misma vida sin luz. La canción que acompaña los créditos indica que le tomaría 564 años comprar esa casa. Así, Bong Joon-ho nos recuerda que la meritocracia es una mentira funcional dentro de un sistema que ya decidió quién mira desde arriba y quién nunca dejará de bajar.




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